miércoles, 5 de febrero de 2020

EL CINE.




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EL CINE.

Siempre me pareció que había magia, que las historias que salían en el ecran era verdaderas, las vivía como si fueran ciertas, cuando los apaches tiraban flechas, me escondía detrás de la butaca.

No recuerdo cuando fue la primera vez que fui al cine debió haberme llevado mi padre que era muy aficionado, no tanto así mi madre. Eso de entrar a un espacio en penumbra silencioso, lleno de filas de asientos, y una inmensa cortina que se abría entre fanfarrias y aparecía la gran pantalla blanca, mágica,con el rugido de un león  que se llenaba de sitios lejanos, selvas, montañas praderas, mares. Con hombres mujeres niños en aventuras inverosímiles que yo mes la creía y les disparaba a los bandidos, hasta que alguien me sentaba.

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En el pueblo donde crecí, ya les he contado que había tres cines el Chosica al costado de la Hosteria  un lugar con juegos piscina al costado del rio Rímac. El más grande, tres columnas de filas la central la mar más ancha y las dos laterales, además de la cazuela, balcón o platea alta, de entradas más económicas la entrada a la sala era a través si la memoria n o me falla por dos puertas lateras dobles, Luego en la avenida 28 de Julio, la comercial de pueblo el cine Perú, mediano también tenía su cazuela, a la sala principal se entraba a través de dos entradas, pero de cortinas moradas de terciopelo. El dueño el señor Zarsar un árabe que siempre estaba controlando la entrada al que tenía que entregársele el boleto el que iba una urna de pie luego lo reemplazo su hijo Jimmy músico de corazón.

El tercer cine era el Omnia, el más modesto en la calle Chiclayo muy cerca al rio separado por una inmensa muralla que la separaba de las compuertas del rio. El primero y este ultimo de la familia Canalle.

De niños los domingos después de almuerzo íbamos a la función de matiné con mis hermanos Marisol y Jorge después con Juan que era menor, nos llevaba mamá o la empleada. Siempre eran películas en blanco y negro, de vaqueros del medio oeste o el ejército americano contra los indios apaches o sioux, siempre ganaban los jovencitos el vaquero buenmozo que besaba a la linda joven. seguido del clásico THE END.

Las de Tarzan con Johnny Weissmuller campen olímpico de natación, junto a la bella Jane, boy un niño que supongo era su hijo, la mona chita y el elefante Tantor su amigo. Y los gritos entre el vuelo entre lianas de tarzan sus hermanos monos   siempre dispuesto a salvar a alguien.

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No faltaron las mexicanas de Cantinflas Viruta y Capulina, el enmascarado de plata luchador invencible contra los malos. O las rancheras con Pedro infante   Aceves Mejía, los cinco gavilanes con sus caballos blancos.

El cine mudo iba en retirada. Pero Chaplin invenciblemente mudo nos hacía reír con sus muecas y caminar, el gordo y el flaco, Buster Queaton, así pasaba mi infancia los fines de semana que para mí era demasiado poco no podía ir al cine durante la semana por el colegio.

Las vacaciones eran la gran fiesta de películas ya más grandecito iba con mis primos Orestes y Sergio por lo menos tres veces durante la semana, la televisión apenas hacia sus pininos y comenzaba por la tarde, pero la lejanía de Lima desde donde se trasmitía era muy lejos treinta kilómetros y la señal era mala. Todavía el cine era invencible, los domingos en matiné lleno de niños en vermout después de misa lleno de jóvenes, a veces largas colas.

Cuando entre a secundaria en la Cantuta, tenías igual doble horario, en las mañanas de 8 a 12 y las tardes de 2 a 5. siempre pautados por el pito de la papelera la fábrica del pueblo. Las otras industrias eran la planta de zapatillas Bata Rímac y la fábrica de Galletas San Jorge que inundaba la noche tranquila silenciosa del aroma a vainilla.  Pero La afición al cine se hizo vicio además adolecentes calenturientos queríamos ver las películas de mayores de 14 y 21 que era la mayoría de edad por ese entonces.

Y así comenzaron en primero de media las fugas por las tardes al cine escapándonos del colegio creo que ya les conté pero igual , el recreo de las tres era la señal para el inicio del gran escape, como cambiaban de profesores no era perceptible la ausencia de tres o cuatro chiquillos, íbamos con un polo debajo de la camisa del uniforme caki, nos lo sacábamos lo guardábamos en una bolsa y a la carrera llegábamos  al Omina o  Perú a balcón esperábamos empieza la peli y sobornábamos al boletero con medio sol .

Siempre quedo la polémica de quien fue la idea de escaparnos yo creía que fue Hugo y le creía que fui yo en fin más de na película de mayores vimos en esas tardes adolecentes donde las hormonas hacían correr a más de uno al baño aliviar las ardencias producidas por la argentina Isabel Sarli, o las mexicanas cuyos nombres he olvidado.

 Hay dos anécdotas, que quiero contarles. Ya en tercero o cuarto medio, que quiero contarles.
Ya en tercero cuarto quinto, las escapadas   se volvieron nocturnas solitarias, me escapaba de casa decía que me iba a acostar temprano y de allí por la azotea. la película de noche empezaba a las diez, yo llegaba 10 y 15 con la película comenzada y ya poca gente en la boletería. 

Una sola vez me descubrieron. Regresaba a las 12 por las calles vacías corriendo llegue y mis padres me esperaban sentados en la puerta, no había escapatoria, tuve que confesar y me pasaron al cuarto del primer piso, pero igual logre encontrar el camino subiéndome por una ventana.

La que, si fue picante, fue una noche ya de regreso estaba en la azotea y el perro comenzó a ladrar, de pronto vi a mi padre abriendo la puerta del segundo piso con pistola en mano, muerto de miedo no me atreví a decirle –papa soy yo – la azotea tenia desniveles lo que originaba espacios como piscinas no muy altas y había un traga luz como un nicho que daba a un baño. Me tire allí al borde de uno para que no me viera, lo que sé es que tuvo casi encima mío, hasta hoy no se si no me vio porque era muy miope, o me vio y se hizo el que no me vio, lo cierto es que que muerto de miedo que me confundiera con un ladrón y me dispara me quede inmóvil casi sin respira bañado de sudor. Se retiró muy lentamente, yo me quede no sé cuánto tiempo esperando se acueste, me deslice por la pared donde quedaba mi cuarto y la ventana me servía de escalera. Creo que fue la última vez que me escape.


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